A veces las letras del alfabeto se agrupan para formar palabras que nos cautivan por su sonoridad, su significado o lo que sugieren. Las iremos acumulando aquí para compartirlas con vosotros.

Jartible

Adjetivo andalucista para indicar hartazgo, a menudo se pronuncia o llega a nuestros oídos rebozado con un toque de ironía o de sarcasmo. En el mundo no faltan cosas de toda índole que nos pueden parecer jartibles. Pero en estos tiempos viene muy a cuento también de resultas de la fatídica irrupción de la covid-19 en nuestras vidas. Y es que más allá del miedo, de la preocupación, del sufrimiento que a cada cual le haya tocado en suerte, el dichoso coronavirus causante de la enfermedad merece ser calificado y descalificado coloquialmente con todo merecimiento como sigue: ¡No es jartible ni ná!

Isba

A diferencia de la dacha, segunda residencia campestre que se asocia en la vastedad rusa con las turgencias del poder, que había sido zarista, luego comunista y en los tiempos que corren simplemente oligárquico, la isba, palabra acuñada en el país de Iván el Terrible, se utiliza para designar una sencilla vivienda rural de madera. Levantada con el menor uso de metal posible para abaratar su coste, es habitada por campesinos de los que no gastan mucho oropel. En la literatura rusa es frecuente visitar isbas en lugares inhóspitos, y como lectores nos hemos sentido reconfortados frente a la intemperie tras sus modestas paredes, minúsculo Aleph donde convergen ante nuestros ojos todas las fuerzas del universo.

Holgazán

De origen árabe, se utiliza según la RAE para caracterizar a una persona vagabunda u ociosa, que no quiere trabajar. Esta definición se le queda corta. Convengamos que la propia palabra no es tan perezosa. Sin ir más lejos, mantiene una letra, la hache, que podría desaparecer sin restar un ápice a su bella sonoridad. Aunque, siendo perfectamente innecesaria, ¿no sería injusto eliminarla? Y es que a diferencia del vago, cuyas dos sílabas casi se nos caen de la boca al pronunciarlas, el holgazán conserva cierto aire picaresco y un prestigio merecido al convertir su inacción en todo un arte. Vagos podemos ser todos sin mucho esfuerzo. Por el contrario, holgazanear es una cosa muy seria. En esta época es un oficio revolucionario, el de alguien tan exigente con sus principios que ha decidido bajarse de la noria capitalista y burlarse de su idolatría del rendimiento. Hay muchas formas estupendas de holgazanear, de pasar el tiempo sin dar un palo al agua y sin llegar a los extremos del sublime Oblomov. Deambular sin prisas por una buena librería es una de ellas.

Gatopardismo

Hasta la fecha no recogida en el diccionario de la RAE, aunque sí en la Fundéu, la palabra alude al principio expuesto a menudo como “cambiar todo para que nada cambie”. Encuentra su origen en la famosa novela El Gatopardo, del escritor siciliano Giuseppe Tomasi di Lampedusa. Publicada póstumamente en 1958, dio pie pocos años después a una bella adaptación cinematográfica dirigida por Luchino Visconti. Suele emplearse en el ámbito sociopolítico para significar un conservadurismo que, forzado por las circunstancias, se ve obligado a asumir a regañadientes ciertos cambios a fin de preservar en la medida de lo posible el statu quo primordial. En el mundo del libro, los cambios de unos años a esta parte han sido y son tan profundos que el gatopardismo no basta para salir adelante. Aunque el asunto también puede verse desde otro ángulo: en la medida en que los lectores de hoy siguen gozando de la lectura como los de ayer, tal vez todos los cambios industriales que nos parecen tan transformadores no sean otra cosa que puro gatopardismo.

Flâneur

«Estar fuera de la casa y, no obstante, sentirse / en cualquier lugar como en ella; ver el / mundo, estar en el centro del mundo, y / permanecer oculto para el mundo.» Cuando a mediados del siglo XIX la modernidad —la irrupción de las fábricas, los ferrocarriles, los periódicos y el alumbrado eléctrico— convirtió a París en una ciudad en constante e inquieto movimiento, Baudelaire definió en estos cuatro versos la única forma de transitarla: la del flâneur. Representado en la literatura vistiendo una levita negra, un sombrero de copa, un cigarrillo en una mano y un bastón y una sombrilla en la otra, este curioso personaje solía pasearse por los bulevares y recostarse en las columnas, contemplando las mercancías exhibidas en los pasajes y las revistas en los quioscos. Deambulaba por los parques, visitaba cafés y restaurantes y, abandonado a la multitud, observaba sin ser observado. Indeciso, introspectivo y perdido en el caos de la ciudad, el flâneur fue un testigo anónimo de la vida moderna. Hoy en día, al borde de la desaparición, su número se ha reducido drásticamente. En la actualidad, es sabida su costumbre de merodear por las librerías. No se distingue por su indumentaria ni por visitar bulevares, sino por andar distraído con la vista clavada en un libro, en cuya compañía se siente fuera del mundo, en el centro del mundo y oculto para el mundo.

Estafermo

Dos hombres adultos relativamente jóvenes, digamos que de veinte y treinta años, de más de un metro ochenta de estatura y una considerable envergadura, se tumban cuan largos son en mitad del salón tras una comida familiar. Por las risas. Cuando la abuela aparece declara: «Ya están ahí en medio estos dos estafermos, y es más tonto el grande que el chico». Según el DRAE un estafermo es una figura giratoria de un hombre pertrechado con un escudo en un brazo y una correa con bolas en el otro, que los participantes en juegos o ejercicios de destreza caballerescos utilizaban como diversión o entrenamiento para justas. Eso en su primera acepción; en su segunda un estafermo es una persona embobada y sin acción. Pero como la lengua es un ente vivo que construimos los hablantes nos quedaremos con una tercera acepción: la establecida por mi abuela. Que al tiempo que fusiona las dos acepciones oficiales —metafóricamente en la primera— lleva mucho más allá el concepto al convertir «estafermo» en cualquier objeto desmesurado que resulte una molestia o, para redondear la humillación, en una persona que amén de tonta a más no poder y voluminosa como el muñeco medieval, se coloca o aparece en lugar que más estorba. Como sus nietos.

(Cortesía de Ricardo Jonás, Jot Down)

Dodo

La carga del hombre blanco debería extenderse al triste final de este pájaro. El Raphus cucullatus, su nombre científico, era un ave no voladora que vivía pacíficamente en las Islas Mauricio, protegidas por el Índico. Ante la ausencia de depredadores, su torpeza no precisaba mejoras evolutivas. Hasta que un mal día, allá por la segunda mitad del siglo XVI, la llegada de los colonizadores supuso el principio del fin. Los recién llegados transportaban animales domésticos y de granja que se chuparon las patas con los huevos de los dodos. Nada pondría freno a aquel festín hasta la total desaparición de aquellos apetitosos manjares indefensos. Según los cronistas de la época, ningún ejemplar de Raphus cucullatus llegó vivo al siglo XVIII. La extinción del pobre dodo recuerda a la de las librerías. La irrupción de nuevas formas de consumo ha dado al traste en muy pocos años con muchas de ellas. Por suerte las que quedan y otras que han ido surgiendo han aprendido a desarrollar, a diferencia de la infortunada ave, envidiables mecanismos de supervivencia. Su existencia enriquece el ecosistema de los libros y es una lección de tenacidad.

Catatombe

Invención no recogida, hasta la fecha, en ningún diccionario. Surgida inesperadamente en la intimidad de una comida familiar en los labios del padre del anfitrión, su aparición causó un gran alborozo en los presentes. Sin necesidad de limpiar, fijar y dar esplendor, tarea para académicos, su significado, que aúna contundencia y comicidad, parece remitir a una combinación de “catástrofe” y “hecatombe”; un suceso que solo puede ser “catatómbico” cuando no “hecatrófico”. Cada vez que llegan a la editorial las primeras muestras de un libro nuevo procedente de la imprenta, en el instante anterior a la apertura de las cajas nos invade una especie de excitación no exenta de temor. ¿Llegarán los ejemplares en buenas condiciones? ¿Habrá en ellos algún error inesperado? ¿Acaso una “catatombe” irremediable?

Balagán

Transliteración inexistente en castellano, significa caos, desastre. Tal como andan hoy en día las cosas, es difícil sustraerse a la sensación de vivir sumidos en el balagán. La palabra, de origen persa, se lanzó a conocer mundo. Cruzando por Turquía llegó a Rusia, y allí la lengua de Tolstoi la adoptó, como también lo hicieron el yidis, el polaco o el lituano. Posteriormente, sin renunciar a su vocación viajera, emigró a Israel, donde hoy es utilizada en hebreo moderno para referirse a toda clase de contextos más o menos caóticos. Puede tener un lado positivo: vivir en sociedades o situaciones con mucho balagán, habituarse a él, también puede servir para dar con soluciones imaginativas a los problemas que surgen. Crear un sello editorial nuevo, plantearse qué, cuándo y cómo publicar, también entraña una dosis inevitable de balagán.

Abisal

Tanto abisal como abismal se refieren al abismo. Pero son dos cosas distintas. Lo abismal es lo profundo e insondable, lo que no puede comprenderse. Las profundidades del abismo marino son, en cambio, territorio de lo abisal. Según un diccionario chileno, «los buzos enfrentan peligros abisales, los filósofos, problemas abismales». Queremos explorar el fondo de las cosas y, como buzos, volver a la superficie para contar lo que hemos visto. Aunque la presión es alta, exploraremos las simas abisales en busca de buenos libros que, como criaturas luminiscentes, sirvan de pequeño faro en la oscuridad exterior.